Diana Calvo Vinssac – Psicoterapia transpersonal – UCDM – Hipnoterapia – Coaching

Aprende a identificar las causas metafísicas de tus síntomas físicos

Aprende a identificar las causas metafísicas de tus síntomas físicos

Aprende a identificar las causas metafísicas de tus síntomas físicos

En pleno auge de la terapia de descodificación biológica, nos encontramos con multitud de información, así  como diccionarios que tratan de ofrecernos orientaciones precisas con respecto a los síntomas y enfermedades que padecemos.

Sin embargo, a veces un exceso de información puede confundirnos ya que seguimos permaneciendo “fuera”, en lugar de prestar atención a lo que realmente nos ocupa. Cada persona y cada caso han de ser estudiados de manera independiente y, aunque la bibliografía al respecto pueda ofrecernos pistas, no podemos dejar de hacernos las preguntas pertinentes para descubrir nuestros propios motivos.

Vivimos en un mundo dual donde no existe la luz sin la sombra, y en esa búsqueda constante de “la luz” nos olvidamos de aceptar “la sombra” como parte de la Vida y como parte integrante de nuestra UNIDAD.

Por tanto, la enfermedad o el síntoma llegan a nuestra vida como una expresión inconsciente en nuestro cuerpo físico, de aquellas partes que no hemos podido o no hemos sabido aceptar. Observando la cuestión desde este punto de vista, podemos llegar a proclamar que la enfermedad nos ofrece la oportunidad de SANAR y RESOLVER, ya que al aceptar lo que hemos reprimido o rechazado, podemos recuperar el EQUILIBRIO perdido.

Y bien, ¿Cómo podemos participar en nuestro proceso curativo?

Momento en el que aparece.

Es importante el momento en el que se presenta el síntoma o el acontecimiento (accidente, golpe, etc.). ¿Qué pensamientos y emociones estaban teniendo lugar en el momento de su aparición? ¿Ocurrió algo, alguna noticia, algún suceso significativo?

Intenta hacer memoria de ese momento, puede darte muchísima información.

Atención al síntoma.

No es lo mismo un dolor agudo, sordo, punzante, ardor, inflamación… Por ejemplo, cualquier clase de inflamación o –itis suele reflejar enfado o ira reprimidos. ¿Cómo describes tu síntoma? Si no puedes asociar de inicio una emoción al tipo de dolor o molestia, observa que clase de emociones te provoca o te despierta cuando se presenta.

Lugar donde se localiza.

No es lo mismo que se sitúe en una mano, que en el estómago o en las articulaciones. ¿Para qué sirve esa zona de tu cuerpo? ¿Qué funciones realiza? ¿Qué significa para ti? De esta forma podemos asociar de una manera más fidedigna, porque aunque la fisiología sea común para todos, una lesión de muñeca no va a significar lo mismo para un futbolista que para un masajista.

Prohibición.

Muchos síntomas nos prohíben hacer determinadas cosas: ir a trabajar, realizar una tarea específica, etc. Observa qué es lo que te prohíbe realizar tu sintomatología. Normalmente, aquello que nos prohíbe hacer, representa deseos ocultos y que no nos permitimos satisfacer. Si no quiero ir a una fiesta a la que me han invitado, es más fácil no asistir si me escudo detrás de un resfriado que decir que “no” simple y llanamente.

Obligación.

Por otro lado, a veces nuestros síntomas nos obligan a hacer las cosas que en el fondo estamos “deseando” y que no nos permitimos satisfacer, como puede ser descansar, dejar que nos cuiden, obtener atención y un cariño que no nos atrevemos a pedir, etc…

En otras ocasiones, nuestros síntomas nos obligan a realizar cambios más importantes y trascendentales. Y pueden suponer desde un cambio de hábitos de vida más saludables (ejercicio físico, alimentación, etc.), hasta determinadas conductas como salir de nuestra zona de confort y atrevernos a hacer algo que tememos.

Responsabilidad.

La enfermedad o el síntoma han aparecido en este momento simplemente porque es el momento de enfrentar los cambios que supone su aparición. Asumir la responsabilidad supone:

Tomar conciencia – Aceptación – Acción

Conocer y darse cuenta de lo que ha venido a enseñarnos la enfermedad no es suficiente, el proceso de tomar conciencia y aceptar no sirve de nada si todo ello no supone un modo distinto de ACTUAR o COMPORTARSE.

“La enfermedad siempre es una crisis y toda crisis exige una evolución. La enfermedad quiere conducirnos a zonas nuevas, desconocidas y no vividas”.  DETHLEFSEN, Thorwald y  DAHLKE, Rüdiger: “La enfermedad como camino”

Últimas recomendaciones.

La medicina convencional lleva muchos años estudiando la enfermedad con ciertos resultados exitosos. Utilicemos el sentido común y no abandonemos ningún tratamiento médico si así nos ha sido prescrito. La “pastilla” no es la única solución pero sí puede ofrecernos alivio mientras estudiamos los motivos que se esconden tras la situación que vivimos.

Por desgracia aún no se ha encontrado la terapia óptima que garantice una curación de forma total y absoluta. Si así fuera, supongo que ya hubiésemos tenido conocimiento de ella. Por este motivo, creo que se va haciendo cada vez más necesaria la aplicación de una ATENCIÓN INTEGRAL donde el ser humano pueda ser contemplado a todos los niveles, sin descartar previamente ninguna forma de terapia.

En definitiva, no creo que la solución sea elegir una forma de terapia y eliminar otra, sino que, por el contrario, podemos sumarlas y de esta forma reunir la mayor cantidad de herramientas que se encuentran a nuestro alcance, para así aumentar las posibilidades de alcanzar la curación.

Mi abrazo infinito,

Es hora de soltar lastre y… ¡avanzar!

Es hora de soltar lastre y... ¡avanzar!

Es hora de soltar lastre y... ¡avanzar!

El dolor es natural e inherente al ser humano. Procede del inventario de pérdidas que sufrimos a lo largo de nuestras vidas, y también a consecuencia de las interpretaciones que hacemos sobre lo que observamos en nuestra experiencia vital. Sea como sea y proceda de donde proceda debemos darle cabida y salida, comprendiendo que su aparición en nuestras vidas tiene un propósito y un sentido

Sin embargo, a veces ocurre que no sabemos gestionarlo y pasa a quedarse “enquistado”, pudiendo ocasionar el padecimiento de enfermedades y síntomas físicos por un lado; o el ingreso a un progresivo estado mental de continuo malestar. En este caso ya no hablamos de dolor: el sufrimiento ha hecho acto de presencia en nuestra vida.

¿Cómo puedes detectar que tu vida se ha quedado anclada en el sufrimiento?

  • Amargura.

Vives el día a día con normalidad, pero siempre hay en ti un trasfondo de tristeza. Hay una sensación de angustia y malestar latente, que puede emerger ante cualquier contratiempo de la vida diaria, elevando ese nivel de malestar a una intensidad que es desproporcionada con respecto al suceso que estás experimentando en el presente.

  • Victimismo y queja.

En tus conversaciones es frecuente sacar a colación los motivos de tu sufrimiento. Para ti son razones “de peso”, incluso a veces puedes llegar a considerarte un ser desgraciado y susceptible de lástima. Por otro lado, todas las soluciones que te proponen jamás te sirven. Te niegas a recibir ayuda porque sientes que tus motivos son importantes y muy reales para sentirte como te sientes. Y ante eso… “no se puede hacer nada”.

  • Aislamiento.

En el extremo contrario de la queja, quizá tiendes a poner distancia entre tu persona y el resto del mundo. La actitud de victimismo es la misma, solo que no la expresas. En ambos casos la persona está pendiente únicamente de sí misma, concediéndose excesiva importancia y situándose en el ombligo del mundo como la más desgraciada. En este caso, tampoco pides ayuda por “no molestar”, incluso crees que no la necesitas o que lo que te digan no te hará sentir mejor.

  • Pesimismo.

Eres incapaz de sentirte bien con todo lo bueno que hay en tu vida en este momento. Sí, eres capaz de enumerar todas las cosas positivas, pero no son suficientes para hacerte sentir bien… las negativas tienen un enorme peso y son mucho más importantes para ti.

  • Tu mente está en el pasado.

Muchas de las razones de tu malestar se encuentran en el pasado. Pérdidas, rupturas, etc., que hace años que ocurrieron y siguen activas en tu mente como el primer día.

  • Pérdida de rumbo.

No tienes claro lo que deseas en tu futuro y/o no hay nada que te motive. No encuentras un propósito o la esperanza te ha abandonado.

  • Miedos.

La mala gestión de tus situaciones dolorosas del pasado te han hecho mirar hacia el futuro con temor, ante la posibilidad de que te vuelva a ocurrir lo mismo. El miedo es un recuerdo de dolor que se proyecta al futuro. Esto hace que te conviertas en un ser retraído, cerrado, incapaz de abrirte a nuevas experiencias similares a las acontecidas.

  • Incapacidad de volver a ser feliz.

Puede ser que tengas miedo a ilusionarte o a sentirte bien de nuevo, no vaya a ser que la vida te vuelva a dar otro “susto”. Desde luego, si hay un Dios ahí arriba solamente ha puesto el ojo en ti y definitivamente te ha cogido manía.

  • Resistencia.

Sientes que tu vida es horrorosa y que no te mereces que te haya ocurrido todo aquello. Sigues “peleando” con el mundo, envuelt@ en un sentimiento de rabia e injusticia. Sin duda, la vida de los demás es mucho mejor que la tuya.

Ahora recuerdo que allá por mis 13 o 14 años escuché una conversación entre los “mayores” haciendo inventario de sus dolores y desgracias… ¡A cuál más desdichado! Parecía que hasta competían por ser el peor. Por aquel entonces no podía comprender cómo era posible que no alcanzaran a ver la vida como yo la veía: divertida, excitante, emocionante y llena de cosas por explorar y alcanzar.

Ahora ya de adulta recuerdo esta conversación…, y sí, entiendo por qué se sentían así… porque todo lo que no dejas ir, lo cargas. Y todo lo que cargas… te pesa. Y todo lo que te pesa… ¡termina por hundirte!

“Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la consciencia cósmica a que los reproduzcan tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete. Lo que aceptas, te transforma” Carl Gustav Jung.

Todos hemos vivido y quizá vivamos experiencias desagradables en nuestras vidas. Pero si seguimos llenando la mochila de “agravios vitales” sin resolver, llegará un momento en que esta mochila va a pesar demasiado y no vamos a poder más con ella. Entonces será ella la que pueda con nosotros. Es hora de soltar lastre y… ¡avanzar!

Fuerza y… ¡adelante!

Cuidar de nuestros padres… una tarea compleja

Cuidar de nuestros padres... una tarea compleja

Cuidar de nuestros padres... una tarea compleja

Debido a la multitud de casos que encuentro en mi consulta, hoy quiero hablaros de un tema que no me resulta nada fácil abordar. Aun así considero necesario hacerlo, puesto que la vida de muchas personas resulta afectada por esta problemática. Tanto más compleja cuanto mayor es el nivel de dependencia de los padres que están a su cuidado.

En las antiguas civilizaciones los ancianos eran venerados y muy respetados, ya que en ellos residía la gran sabiduría de la vida. Actuaban como consejeros situándose en un lugar privilegiado, y convirtiéndose así en un gran apoyo para los jóvenes dentro de comunidad.

En nuestra sociedad, los mayores se comportan de forma muy distinta. Quizás al final de nuestra vida se “nos ve el plumero” y nuestros últimos días tienen bastante que ver con el modo en que hemos vivido: el cuidado que le hayamos dado a nuestro cuerpo, a nuestra psique, la gestión de nuestras emociones, el olvido de nuestra parte trascendental o más profunda…

Todo ello junto con la creencia en una vida de sufrimiento y enfermedad, el miedo y el evitamiento de la muerte…, quizá nos hace convertirnos en ancianos enfermos, dependientes y seniles condenados a sufrir regresiones a la infancia, en un intento de huir de nuestro momento presente, y cuyos comportamientos están más cercanos a los de un niño, que a aquellos sabios ancianos de la antigüedad.

Por otro lado, he de decir que es natural y un deber de los padres el cuidar a sus hijos, procurándoles las herramientas necesarias para convertirles en seres independientes y autosuficientes. Pero que los hijos cuiden de los padres… NO es lo natural. Y quiero explicar esta afirmación, ya que entiendo que para algunos puede resultar “chocante”.

Imaginaos si todos nosotros nos viéramos en la situación de tener que sacrificar nuestras vidas en pos del cuidado de nuestros padres. Obviamente, llegaría un momento en el que la supervivencia de la especie estaría en grave peligro.

He encontrado varios casos (de hombres y mujeres), en los que después de haber fallecido sus padres se despertaron un día…, con una edad “madura” y… completamente SOLOS. De repente se dan cuenta de que han sacrificado la creación de su propia familia por cuidar y acompañar a sus padres hasta el final de sus días… Incluso he podido ver casos de “sustitución del cónyuge fallecido”: personas que se comportan con sus padres del modo en que lo haría la pareja desaparecida, o del modo en que ell@s se comportarían con sus parejas.

Dejando a un lado los “edipos” y “electras” del mundo… también hay casos en los que habiendo construido una familia, ésta se coloca en un segundo plano y se deja “a su suerte”, ocasionando verdaderos problemas debido a su desatención.

También hay situaciones en los que son varios los aspectos de la vida que quedan limitados: el desarrollo de la propia familia, el aspecto laboral, sueños personales, etc.

Repito, si estas situaciones fueran lo natural… la vida se extinguiría.

¿Quiere decir esto que debemos abandonar a nuestros padres? ¡¡Por supuesto que no!!

Cada caso es un mundo y debe ser tratado de manera personalizada, pero considero que hay ciertas pautas que podríamos tener en cuenta en estos casos:

  • Lo primero que jamás has de olvidar es que estás aquí para desarrollar tu vida de forma PLENA. Y ni siquiera tus seres más queridos tienen el derecho de arrebatártela. Es más, si te aman deberían apoyarte y no obstruirte… Las relaciones familiares pueden ser tanto o más tóxicas que el resto y, en ocasiones incluso lo más sano es alejarnos, sobre todo si nuestra salud física y/o mental está en riesgo, o nuestra vida de repente se transforma en una carga difícil de llevar.
  • Si tus padres se comportan como niños, tendrás que tratarlos como a niños. Igual que ponemos límites a nuestros pequeños y les decimos que NO para educarlos, del mismo modo tendremos que actuar con nuestros mayores. Cariño, compañía y ayuda… . Sacrificar tu vida… NO.
  • Cuidado con las manipulaciones. Muchas enfermedades y dolencias (incluidas las seniles), pueden ser mecanismos (¡ojo!, en su mayoría inconscientes), para manipular al entorno y tenerlo siempre a disposición. Hazte respetar y te respetarán.
  • No entres en la pena, ni mucho menos en la CULPA. Tus padres eligieron libremente su vida, tomaron sus decisiones y tú no eres responsable de sus consecuencias. Solo eres responsable de las tuyas. Que esa “pena” en todo caso comience por ti. Y en cuanto a la culpa, ten en cuenta que es una de las emociones más tóxicas que puedes llegar a sentir y, sobre todo, la que da vía libre a la manipulación. Cuando un@ se siente culpable, busca siempre un “castigo”, y este puede ser auto infringido en forma de auto sabotajes varios, o a través del otro dejándonos manipular. Entrar en el juego culpa-manipulación-culpa puede ser algo peligroso que termine con tu paz y tu libertad.
  • Cuenta con tus herman@s. Ellos también son sus padres y la tarea debería ser repartida a partes iguales. Porque uno tenga familia, otro no, quizás alguno viva con ellos, etc.,… no tiene que hacerse más o menos cargo. Lo mejor es tener una conversación sincera, y que tod@s entiendan que cada uno tiene derecho a hacer su vida al 100%, independientemente de las circunstancias presentes. El derecho a elegir el futuro debe ser igual para todos.
  • Si eres hij@ únic@ o tus herman@s se desentienden claramente, tendrás que pedir ayuda y/o asesoramiento. Busca información, terapeutas, lugares donde puedas acudir, incluso ayuda de otros familiares, amigos que hayan pasado por tu situación… siempre hay opciones, busca y encontrarás.
  • Esta situación, al igual que cualquier otra de tu vida, te aporta un aprendizaje. No te olvides de preguntarte “para qué” te encuentras en esta circunstancia y disponte a llevar a cabo las acciones que la situación te obligue a realizar. Nada llega a tu vida como una maldición sino como una oportunidad de desarrollo y sanación.
  • Busca el equilibrio, no se trata de darlo todo por tus padres o darlo todo por ti. Habrá ocasiones en las que tengas que colocar tus prioridades por delante, y otras en las que tus padres te llevarán la delantera. Pero ten siempre presente que en el punto medio se encuentra la virtud.
  • Si tienes la posibilidad, intenta comunicarte con tus padres y explicarles la situación y los motivos por los que haces las cosas.

No te dejes llevar por las circunstancias y gestiona esta situación con plena conciencia. Y sobre todo, no te abandones a ti mism@, por no abandonar a tus padres. Estoy segura de que ellos siguen queriendo lo mejor para ti, y en su “sano juicio” comprenderían tu comportamiento.

Paciencia, fuerza y … ¡adelante!

¡Me bloqueo cuando tengo que tomar una decisión!

¡Me bloqueo cuando tengo que tomar una decisión!

¡Me bloqueo cuando tengo que tomar una decisión!

Desde lo más sencillo como un par de zapatos, hasta llegar a aspectos significativos como pudieran ser la elección de un lugar donde vivir, un futuro profesional o sentimental…, el tener que elegir entre dos o varias opciones, puede llegar a ser para algunos individuos una situación bastante limitadora, e incluso generadora de gran ansiedad.

Partiremos de algunas de las afirmaciones que he ido escuchando al respecto, para intentar descubrir qué se esconde tras este bloqueo:

  • “Quiero hacerlo tan perfecto y ser tan perfect@… que al final no hago nada”. La mayor parte de las personas indecisas experimentan un alto nivel de exigencia que conlleva un estado permanente de duda y ansiedad, lo cual es lógico ya que es imposible alcanzar la perfección.
  • “No puedo equivocarme”. Pretender que las cosas sean perfectas, quizá esconda cierto grado de inseguridad y falta de auto – confianza. Ésta pudo ser ocasionada en el pasado debido a críticas demasiado duras, quizás fueron niños envueltos en un ambiente demasiado estricto, donde jamás los elogiaron ni reconocieron sus dones y talentos. Cuando únicamente pusieron el “ojo en sus fallos”, el crítico interno fue creciendo junto con el miedo al rechazo. Los niños premiados por ser “buenos”, y castigados por ser “malos”, aprenden que “no son dignos de amor si se equivocan”.
  • “Es mejor que otros tomen las decisiones, prefiero dejarme llevar”. Lo que en principio pudiera suponer un alivio, en el fondo va dejando un sentimiento residual de frustración porque una vez más no han sido capaces de tomar una decisión con seguridad y firmeza, que es lo que en verdad les hubiera gustado hacer. Seguir escapando de esos momentos incómodos dejando que otros los gestionen, les hará sentir cada vez más inseguros y, como una bola de nieve que a su paso va rodeándose de capas y capas, el bloqueo cada vez será más grande con cada nuevo enfrentamiento.
  • “Siempre pienso que las cosas se arreglarán solas, luego pierdo oportunidades por no haber actuado a tiempo”. La madurez, entre otros aspectos, implica tomar plena responsabilidad de nuestros actos y omisiones, así como de las consecuencias que de ellos se derivan. Quizás un exceso de protección experimentado en el pasado por parte de sus cuidadores, les eximió de tener que tomar pequeñas decisiones que, ya en la infancia, suponen pequeños “ensayos” al ponerse en contacto con el aprendizaje que supone la frustración. Esto posibilita como adultos, poder comprender y aceptar que la equivocación forma parte de la vida y del proceso normal de aprendizaje, facilitando el enfrentamiento a decisiones importantes con un adecuado y sano nivel de estrés.
  • “Será lo que tenga que ser”. He observado que en presencia de esta dificultad, muchas personas se refugian en un supuesto destino ineludible. Evitan sentirse protagonistas del suceso, intentando situar la responsabilidad en el destino, en cualquier ente espiritual, en el karma o en cualquier otro aspecto real o irreal que les haga sentir más tranquilos. Una vez más, encontramos cierto rechazo y/o miedo a aceptar responsabilidades.
  • “¿Y si me siento mal?”. También podemos encontrar cierta resistencia a las emociones negativas. Todo ello sigue siendo consecuencia del miedo al rechazo, a la responsabilidad, a la frustración…, y todo ello les sigue anclando a su zona de confort, evitando el riesgo todo lo posible.

Claves para el cambio:

  • Pretender alcanzar la opción perfecta es la primera “imperfección”. Toda decisión tendrá su cuota de pérdida. Valora con la mayor objetividad posible lo que ganas y pierdes con cada opción, pero ten en cuenta que siempre habrá algo que tendrás que dejar atrás o a lo que renunciar. Jamás existirá la opción que reúna la perfección total y absoluta. Puedes pedir a alguna persona de confianza que te ayude profundizar sobre los motivos que tienes para valorar las distintas opciones. Evita preguntar qué haría ella en tu lugar. Es importante que elijas tú mism@.
  • Comienza el entrenamiento con cosas sencillas y ve aumentando la complejidad. Todo el mundo se enfrenta a momentos de dudas e indecisión. No son situaciones agradables pero son pasajeras. Y es un verdadero descanso tomar decisiones de manera firme y segura. Además, cuantas más veces lo hagas, mayor seguridad en ti mismo sentirás.
  • Te recomiendo que pongas fecha a tu decisión, una fecha realista en la que sepas que no vas a perder una posible oportunidad.
  • Tienes derecho a equivocarte y además, es bueno para ti que lo hagas. Te darás cuenta de que no pasa nada, que habrás aprendido algo valioso y que tú mism@ sigues siendo valios@ aunque cometas errores… ¿dejarías de apreciar a un ser querido porque se equivoque? O ¿admirarías su coraje al actuar, equivocarse, fortalecerse, aprender y rectificar las veces que sean necesarias hasta alcanzar la meta que persigue?
  • Despide a tu crítico interno. Cuando te descubras juzgándote por haber hecho algo incorrecto, aprieta el botón “off”. Piensa qué le dirías a un amigo en el caso de encontrarse en tu situación. Recuerda siempre que tú eres tu mejor amig@, comienza a tratarte como tal.
  • No tomar una decisión también es una decisión. Aunque consigas evadirte y dejes a los demás, al destino o a la vida que decida por ti, también estás perdiendo y renunciando a algo. Valora el no tomar una decisión como otra opción más, con la consiguiente responsabilidad sobre las consecuencias. Ten en cuenta además, que en este caso habrás perdido algo más: una pequeña cuota de seguridad y confianza en ti mism@ al evitar el enfrentamiento.
  • La vida es un riesgo en sí misma. Piensa qué sería de la humanidad si nadie hubiera tomado ningún riesgo, si nadie se hubiera equivocado jamás. La zona de confort en realidad no es tan confortable, sólo es conocida… nada más. La naturaleza humana es curiosa y se dirige siempre hacia el deseo de mejorar su estado actual, hacia la evolución. La “seguridad” es una fantasía. Piensa que cualquier circunstancia imprevista también te puede arrebatar igualmente esa zona de confort.
  • Confía en ti, y en que sabrás gestionar los resultados de tu decisión. Piensa en los errores de tu pasado, en lo que aprendiste y en lo importantes que fueron para llegar a este momento. Dar la “vuelta al calcetín” te ayudará a sentir más seguridad de cara al futuro.
  • Piensa menos y siente más. Aprende a tomar decisiones prestando atención a las sensaciones de tu cuerpo. Entre éste y tu subconsciente hay una comunicación clara y directa, únicamente obstaculizada por tu mente y tus pensamientos. Valora racionalmente las opciones, los pros y los contras, y después pide respuestas a tu cuerpo. Siempre habrá alguna opción que te haga sentir mejor.

Fuerza y ¡adelante!

Mi día libre de pensamientos positivos

Mi día libre de pensamientos positivos

Mi día libre de pensamientos positivos

En un momento de furor de la psicología positiva y los pensamientos ídem, parece fuera de lugar tener un día o, ni siquiera un instante, en el que podamos ejercer nuestro derecho a sentirnos mal…

Por si no tuviéramos bastante con toda la presión cultural y social: ser un buen profesional, tener éxito, dinero, viajar…, ser buen padre/madre, amigo, hijo…, tener la salud perfecta, la pareja perfecta, la familia feliz, una imagen impecable…

Por si todo esto no fuera suficiente…, además tenemos que estar siempre alegres y agradecidos, ser compasivos y comprensivos, amarnos mucho, aceptar todo lo que ocurre, no juzgar a nada ni a nadie, ser valientes, empáticos, buscar la felicidad en nuestro interior, sentirnos en paz, perdonar a todo y a todos, trascender el ego

Ufff, ¡qué estrés!

Sinceramente, hay días en los que me apetece pegar cuatro patadas a todos los libros de crecimiento personal, coaching y psicología positiva que me encuentro, y convertirme en una asesina en serie, en un alma en pena o en una loca de atar.

Pues sí…, a veces me siento triste, insegura, tengo miedo, me enfado y grito, me equivoco y me siento mal por ello, no tengo dinero y me molesta, tengo mil dudas, no aguanto a mi jefe y le daría una patada en la espinilla, me enfado con mi madre, me enfado con el mundo y pienso que la vida es injusta (por no decir “una mierda”).

Pues sí…, tengo días en los que cogería “los trastos” y dejaría todo y a todos para largarme muy muy lejos, cambiarme de nombre y raparme el pelo al cero.

Si no tuviera un EGO con todo lo que ello implica… quizás viviría en otra dimensión, quizá con un aura dorada… quizá con alas gigantes…, quizá sintiendo paz y amor infinitos.

Pero resulta que tengo un cuerpo físico que duele y se enferma, que envejece y tiene sus límites.

Resulta que tengo una mente más o menos desordenada con un montón de programas inconscientes que puedo tardar mil vidas en descubrir.

Resulta que tengo emociones muy feas que me resulta incómodo expresar en este mundo “políticamente correcto”.

Resulta que soy humana…

Y también soy todo esto… al igual que tú.

Y de vez en cuando, en el ejercicio de mi libertad… reivindico el derecho a vivir… ¡MI DÍA LIBRE DE PENSAMIENTOS POSITIVOS!

¿Te apuntas?

7 claves para ayudar a un ser querido «en apuros»

7 claves para ayudar a un ser querido "en apuros"

7 claves para ayudar a un ser querido "en apuros"

Empatía.

Todos en algún momento nos hemos visto desposeídos de algo que teníamos… un ser querido, un amor, salud, dinero… bienestar en cualquiera de sus aspectos. Aunque no hayamos experimentado con exactitud lo que el otro está viviendo, seguramente podemos conectar con su dolor. Palabras como: “sé por lo que estás pasando”, “te comprendo”…, acompañan y alivian.

El regalo de la escucha activa.
Escuchar al otro plenamente supone ofrecerle un espacio para que exprese lo que siente, permitir que ponga en palabras sus pensamientos y pueda escucharse a sí mismo. La escucha activa suponer permanecer presentes y prestar toda nuestra atención al otro, sin que tengamos en mente lo que vamos a responderle. No pienses, no juzgues… sólo escucha.

No aconsejar gratuitamente.
Tendemos al consejo “fácil” que, en muchas ocasiones, molesta más que ayuda. Huye de frases hechas. Si no sabes qué decir… mejor no digas nada y simplemente acompaña.

Contacto físico.
Toca, acaricia, abraza… el contacto físico nos hace sentir queridos y acompañados. Un buen abrazo puede ser más sanador que todas las palabras del mundo.

Pregunta.
Es más fácil preguntar ¿cómo puedo ayudarte?, ¿qué necesitas?, ¿qué puedo hacer por ti?, de esta forma ofrecemos al otro la libertad y la oportunidad de pedirnos lo que realmente necesita.

Espejo saludable.
Recuerda que no puedes ayudar a nadie si tú no te sientes bien, por tanto, no olvides colocar en primer lugar tu bienestar. No lleves la empatía al punto de sentirte tan mal como la persona a quien pretendes aliviar, ni olvidarte de ti en beneficio del otro. Si quieres ayudar de verdad no podrás hacerlo desde el fondo del pozo donde el otro se encuentra, sino desde arriba. Únicamente desde este lugar podrás ofrecerle una cuerda…

Por otro lado, si sabes lo que necesita la otra persona comienza desde YA a contemplarla en posesión de aquello que desea. Si está enferma visualízala de forma saludable, si tiene un mal momento económico visualiza su abundancia y prosperidad… siente que ya es así. No hace falta que digas nada, recuerda que tus pensamientos y emociones son energía, por tanto, transmitirás al otro inconscientemente lo que estás pensando y sintiendo. Contemplar a tu ser querido en posesión de todo su poder hará más por él que todas las palabras del mundo.

Todo tiene un “para qué”.
Por último recuerda PERMITIR al otro ser quien es y que viva lo que tiene que vivir. Empeñarte excesivamente en solucionar los problemas ajenos puede implicar que el problema ya no es suyo, sino tuyo. Respeta el plan de Vida que esa persona ha venido a experimentar y recuerda que el dolor nunca es estéril, ya que supone la apertura de caminos que antes permanecían en la sombra. Toda pérdida supone una renovación y puede ser movilizadora de grandes cambios y nuevas oportunidades.
En cualquier caso… deja que ocurra lo que tenga que ocurrir y permite que la persona elija con libertad su camino, igual que tú eliges el tuyo…

Mi abrazo infinito,

 

Perdona… pero mi respuesta es NO

Perdona... pero mi respuesta es NO

Perdona... pero mi respuesta es NO

Detrás de cada «no» que callamos se esconde la necesidad de ser aceptad@s y querid@s.

Todos hemos actuado así en alguna ocasión y no hay mayor problema si lo hacemos desde una actitud consciente: «lo hago esta vez por este motivo y para este resultado concreto».

El problema llega cuando se convierte en una costumbre y siempre o casi siempre colocamos las necesidades de los demás por delante de las nuestras. Será entonces cuando comiencen a llegar a nosotros sentimientos de frustración, desvalorización, enfado, etc. No queremos defraudar o disgustar a otr@, pero lo hacemos a costa de defraudarnos a nosotr@s mism@s… ¿merece la pena?

Comienza YA a ensayar tus «noes» desde la asertividad:

  • Ponte en el lugar del otro y piensa cómo te gustaría que te dieran una negativa a ti mism@ en esa situación concreta.
  • Habla de ti, de tus sentimientos y de lo que tú necesitas. No tienes que justificarte, pero en ocasiones es correcto dar una explicación.
  • Busca otras opciones que puedas proponer… quizá pueda existir un punto medio donde las dos partes tengan algo que ganar, aunque haya que ceder un poco.
  • Si la ocasión es propicia, termina tu exposición de forma positiva: agradece a la otra parte su sugerencia, o que haya pensado en ti, etc.

Una sana autoestima consiste en ser coherente con uno mismo. Comienza a respetarte y a ponerte en el primer puesto de tu lista de prioridades. Desde ese lugar te aseguro que podrás hacer mucho más por los demás, y será entonces cuando ganarás su respeto y aceptación.  No esperes que los demás te amen, te respeten y te acepten cuando tú mism@ no lo haces contigo. Recuerda… ¡todo comienza por ti!

Mi abrazo infinito,

 

Cuando pensar demasiado se convierte en «el problema»

Cuando pensar demasiado se convierte en "el problema"

Cuando pensar demasiado se convierte en "el problema"

«Voy a pensar mucho una cosa para que termine pareciéndome una mala idea»

Hace unos días me encontraba con esta frase y me hizo reflexionar… Ciertamente, la naturaleza de nuestra mente es «pensar», y es un instrumento maravilloso si pudiéramos utilizarlo de forma óptima. Sin embargo, no ocurre así la mayoría de las veces. Nos encontramos con cualquier encrucijada, obstáculo y/o dificultad, y nos embarcamos en el juego de «darle vueltas y más vueltas» buscando multitud de opciones y posibles soluciones para decidirnos a tomar decisiones…  Sin embargo, pensar demasiado nos puede llevar a:

  • Encontrar inconvenientes donde no los hay.
    Decimos que somos «realistas» cuando eso en verdad es bastante relativo. Nuestros «realismos» se basan en experiencias de fracaso anteriores y en muchas ocasiones destapan nuestros miedos e inseguridades. En base a ellos vamos encontrando inconvenientes, y nos contamos multitud de excusas que nos resultan verdaderamente creíbles. Cuanto más pensamos, más razones encontramos para no pasar a la acción.
  • Imaginar problemas que quizá no se presenten nunca.
    Queremos estar seguros y tener todo atado y bien atado. Es una buena opción la de pensar qué es lo peor que podría pasar si actuamos en cualquier dirección. Pero centrarnos en ese posible resultado negativo puede hacer que nos paralicemos en base a pensamientos pesimistas.
  • «Enredarnos» todavía más.
    Analizar una cuestión demasiado tiempo puede propiciar mayor confusión de la que teníamos en un principio. Lejos de aclarar nuestras ideas, ocurre lo contrario… vamos distorsionando lo que tratamos de analizar y cada vez dudamos más. La duda nos paraliza y cada vez nos sentimos más incapaces de solucionar lo que nos ocupa.
  • Perder el contacto con nuestra esencia.
    Nos han hecho creer que somos lo que pensamos. Nada más lejos de la realidad…
    Además, los mismos pensamientos repetidos durante el tiempo suficiente se convierten en creencias y, a no ser que andemos cuestionándolas a menudo, la gran mayoría de nuestras creencias son inconscientes y ni siquiera elegidas por nosotros mism@s. Confiamos demasiado en nuestra mente, cuando lo que existe en ella a veces tiene poco que ver con lo que realmente somos y queremos.
  • Perder el tiempo y perder oportunidades.
    Sin duda, darle vueltas «al tarro» supone perder tiempo y mucha energía. A veces incluso nos hace perder oportunidades, porque cuando finalmente nos decidimos a actuar, puede ser que el momento idóneo ya haya pasado de largo

De esta forma, el problema original se transforma… Pasa de ser una cuestión a resolver, para convertirse en un verdadero quebradero de cabeza que nos hace sentir cada vez peor: inseguridad, dudas, miedo, incertidumbre… Y ¿qué podemos hacer?

  • Distráete.
    Haz cosas que no tengan nada que ver con lo que te preocupa. Pero no luches contra tus pensamientos. Si es un tema que lleva varios días-semanas-meses dando vueltas en tu mente, no te resultará fácil eliminarlo así sin más. Simplemente distrae tu mente con algo que te guste, mejor si es una actividad que requiere concentración.
  • Piensa que ya tienes la solución.
    Pensar más no te hará encontrar mejores soluciones. Recordemos a Arquímedes y a su «Eureka» cuando se encontraba tomando un baño relajadamente. Da la «orden» a tu mente subconsciente de encontrar el camino y deja que ella se ocupe. Mientras, continúa con tu vida e intenta disfrutar y relajarte todo lo que puedas. Cuando el problema visite tu mente… recuérdate que la solución ya está en marcha.
  • Si supieras qué hacer, ¿cómo actuarías?
    Cuando has pensado demasiado, es lógico que las dudas te invadan y te paralicen. Puedes pensar en alguien a quien admiras y que te parezca una persona resolutiva… ¿cómo crees que actuaría esa persona en tu lugar y con tu problema?
  • Recuerda cuál fue tu primera sensación.
    Cuando tienes que tomar una decisión siempre existe una primera reacción visceral, una sensación, una intuición. Segundos más tarde la vas tamizando con el filtro de tu análisis. Pones en marcha la mente y vas olvidando tu reacción primitiva. Ésta se queda sin registrar, cuando en verdad tiene más que ver contigo mism@ que todos los análisis que tu mente pueda hacer de la cuestión posteriormente. Recuerda: lo que SIENTES está más cerca de tu alma que lo que PIENSAS.

Haz memoria… los problemas que tenías hace 10 años, ¿dónde están? O bien se solucionaron, o ya no tienen ninguna importancia. Dentro de 10 años pensarás que perdiste un tiempo precioso dando vueltas a algo que al final solucionaste, o no era para tanto…

Céntrate en la solución y sobre todo no te quedes «paralizad@»… ¡actúa! Cada día que pasas «pensando de más» es un día perdido.

Mi abrazo infinito,

¿Cómo puedo resolver mi ansiedad?

¿Cómo puedo resolver mi ansiedad?

¿Cómo puedo resolver mi ansiedad?

La ansiedad es esa emoción que nos hace huir hacia delante en busca de un «placer» que no encontramos en el momento presente.

En la imposibilidad de que el tiempo avance y nos lleve a ese lugar que buscamos absurdamente en un «futuro ideal«, tendemos a «parchear» nuestras necesidades presentes a través de comportamientos compulsivos: comida, bebida, tabaco, sexo, trabajo, deporte, etc.  Como es lógico, cualquier parche no es nada más que eso y, en consecuencia, lejos de calmar esa ansiedad, ésta puede ir en aumento ya que los motivos de su aparición siguen sin resolverse.

Bien, y ¿qué puedes hacer al respecto?

En primer lugar, no salgas corriendo. Por una vez deja de huir y de buscar compulsivamente ansiolíticos de «emergencia» y/o distractores que sigan adormeciendo tu conciencia. Aunque creas que te calman momentáneamente, la mayoría de ellos contribuirán a hacer que te sientas aún peor. El vacío se irá haciendo más grande con el paso del tiempo.

Toma consciencia. Saber reconocer una emoción es el primer paso para gestionarla. Observa: ¿Qué sientes exactamente? incomodidad, insatisfacción, miedo, falta de confianza…. desgrana la emoción y ponla en palabras. ¿Dónde la sientes? En el pecho, en el estómago, temblores, palpitaciones… repasa mentalmente todo tu cuerpo, sitúa la emoción y los síntomas relacionados.

Una vez que hayas tomado contacto plenamente contigo mism@, pregúntate cuál es el motivo real de esa incomodidad o insatisfacción:

– Puedes descubrir que la ansiedad estaba tapando otra emoción con la que no querías tomar contacto: tristeza, miedo, enfado… Si es así vuelve a tomar contacto con la «nueva» emoción y repite el proceso: ¿qué sientes exactamente, dónde lo sientes?

– Observa tu vida: ¿qué es lo que hay en ella que te ocasiona estas emociones? ¿de qué tratas de huir exactamente? ¿qué es lo que no te gusta de tu momento presente?

– Si pudieras cambiar algo, ¿qué sería? ¿cómo te gustaría que fuera tu vida? ¿qué es lo que necesitas realmente, qué es lo que te haría sentir bien? ¿hay algo que no te permites satisfacer? ¿por qué?

– Si te descubres queriendo cambiar algo que es imposible, la impotencia y la frustración no te llevarán muy lejos. Busca formas creativas de vivir el cambio y piensa que cualquier tipo de pérdida trae consigo la llegada de nuevas formas y caminos. Deja de luchar contra los acontecimientos y comienza a fluir con ellos hasta que la aceptación se haga presente. Piensa que el futuro será distinto pero puede ser aún mejor… recuerda que tú estás «al mando» y siempre puedes elegir. No eres una marioneta en manos del destino, toma acción y comienza a realizar los cambios oportunos.

Sea cual sea el origen de tu ansiedad, considérala bienvenida. Es el síntoma de que algo en tu vida no es como quisieras y será lo que te empuje a buscar otros caminos que te hagan sentir mejor.

La incomodidad del alma es lo que le lleva al ser humano a buscar nuevas formas de ampliar su consciencia y, por tanto, a seguir el camino de su inevitable crecimiento y evolución. Escúchate y comienza a sentir el reclamo y la libertad de un «nuevo YO» que pugna por salir a la superficie…

Fuerza y… ¡adelante!

 

¡Vivir sin complejos!

¡Vivir sin complejos!

¡Vivir sin complejos!

Puede ser que haya algo en tu imagen o en tu personalidad que no te guste demasiado.

Lo cierto es que todos, en mayor o menor grado, tenemos nuestros complejillos e inseguridades. Para muchas personas esto no supone un problema y son capaces de vivir una vida equilibrada a pesar de ell@s. Sin embargo, en una sociedad en la que constantemente se ensalza la perfección, esos “complejillos” pueden llegar a ocasionar un verdadero malestar. A veces incluso, puede llegar a condicionar determinadas parcelas de la vida como pueden ser las relaciones personales, las relaciones sociales, aspecto laboral, etc.

Y bien, ¿cómo podemos gestionar esas partes que rechazamos de nosotros mismos?

ACEPTACIÓN.

El primer paso es aceptar que la perfección no existe.

Puede que seas tímido o te sientas inseguro ante determinadas situaciones… Quizá no te gusta tu nariz, o tus piernas, o tu altura… Pues bien, cuando te sorprendas a ti mismo pensando en eso que no te gusta, comienza a repetirte: “soy fulanito y esta es mi nariz, o me siento inseguro, o tengo miedo… y me quiero a pesar de ello”. Hazlo de esta forma cada vez que te encuentres con algo que no te guste de ti.

Deja de luchar y de rechazar constantemente esos aspectos y admítelos como parte de ti. La propia lucha dará aún más energía e importancia a esas cuestiones que, en vez de desaparecer ante la lucha, crecerán ante tu visión “importante” de las mismas.

NO INTENTES OCULTARLO.

Cuando intentamos tapar o esconder lo que no nos gusta (sobre todo para que los demás no lo noten), podemos llegar a actuar de forma extraña. Sé coherente con la afirmación anterior y recuérdate que te quieres actuando de forma insegura. También te quieres aunque sientas miedo, y sigues queriéndote aunque no tengas un cuerpo perfecto.

Intentar convencerte de que eres un bellezón cuando estás lejos de serlo, o que eres una persona muy segura de sí misma cuando te están temblando las piernas… no funciona. Permítete ser imperfecto y sobre todo… piensa que tienes derecho a ser como eres.

POTENCIA LO QUE SÍ TE GUSTA.

Comienza por hacer un listado con tus cualidades y enfócate en ellas. Deja de prestar atención a lo que NO te gusta y pon atención en las cosas bonitas que sí tienes y que, por tanto, puedes desarrollar aún más.

Quizá te sientas tímido en muchas situaciones…, pero tienes un sentido del humor excelente. Trabaja en ello y comprobarás que si te enfocas en esa cualidad y dejas de prestar atención a tu timidez, ésta se irá evaporando por arte de magia.

Quizá no eres muy agraciado físicamente, pero eres una persona alegre y te encanta conversar y escuchar a los demás. Pon tu atención en esa forma de ser que te “sale de forma tan natural”… Entonces tu imagen se disolverá en el contacto con los demás.

SI PUEDES CAMBIAR ALGO… ¡HAZLO!

Ciertamente, hay aspectos que nos toca aceptar sin más porque forman parte de nuestra genética y/o nuestro carácter. Pero en ocasiones, podremos dar un paso más y cambiar algunas cosas porque está en nuestra mano y sabemos que nos hará sentir mejor y/o mejorará nuestra Vida.

Por ejemplo, podemos alimentarnos mejor para bajar de peso si eso es lo que queremos, o hacer deporte, lo que además contribuirá a mejorar nuestro estado de salud. También podemos consultar con un terapeuta que nos ayude a “limar” aspectos de nuestro carácter que nos dificultan determinados aspectos de nuestra vida.

Aun así, el simple hecho de aceptar y dejar de luchar contra nuestros defectos poniendo el foco en nuestras cualidades, puede ocasionar una gran transformación por sí mismo.

Tan perjudicial es situarse en un extremo autoindulgente: “me acepto y no necesito mejorar nada”, cuando en verdad estamos cerrando los ojos a los problemas; como encontrarse en la situación contraria: “no valgo nada, soy inútil, soy peor que…”.

El secreto consiste en situarse en una posición de equilibrio: “ni mejor ni peor que nadie, simplemente soy yo y trato de ser la mejor versión de mí mism@”.

Y si crees que tú sol@ no eres capaz de sentirte mejor, no dudes en pedir ayuda. Existen multitud de técnicas que pueden ayudarte: E.F.T.PSYCH-K®, etc. ACEPTARTE es el punto de partida para poder cambiar a mejor. Es hora de dar un paso adelante… ¡Te lo mereces!

Mi abrazo infinito,