Diana Calvo Vinssac – Psicoterapia transpersonal – UCDM – Hipnoterapia – Coaching

Lo que tus miedos ocultan…

Lo que tus MIEDOS ocultan…

Todos tenemos miedo. Eso está claro. Y el miedo tiene muy mala prensa… lo vemos como un obstáculo que se interpone entre nosotros y nuestros sueños. Pero, ¿y si te dijera que ese muro es en realidad una puerta? Que el miedo, esa emoción tan incómoda, es un maestro que nos trae un mensaje fundamental. Si aprendemos a descifrarlo, podemos trascenderlo.

Así que, si alguna vez has sentido que el miedo te frena… lee hasta el final, porque hoy vamos a darle la vuelta a todo lo que creías saber sobre él.

Instintivamente, todos huimos de él, es una emoción que no queremos sentir: miedo a no tener dinero, a no encontrar pareja, a la soledad, a hablar en público, a las alturas… La lista es infinita. El miedo es universal.

EL MIEDO «BUENO». NUESTRO GUARDIÁN

Y esto es natural. El miedo es una emoción primaria, como la alegría o la tristeza. Su función principal es protegernos.

Gracias al miedo, hemos sobrevivido como especie. Sin él, nos habríamos extinguido. Así que, en su nivel más básico, el miedo es un guardián necesario. No podemos, ni debemos, eliminarlo.

Si no tuviéramos miedo al fuego, nos quemaríamos. Si no tuviéramos miedo a caminar por el borde de un precipicio, a caminar por la noche en una calle mal iluminada… estaríamos en peligro constante y duraríamos poco. Todos miramos antes de cruzar la calle…

Definitivamente, no podemos vivir sin miedo.

EL MIEDO «TRAMPA». EL QUE NOS LIMITA

Seguramente pensarás: «Vale, Diana, entiendo el miedo a un león, ¿pero qué pasa con mi pánico a hablar en público? ¿O mi ansiedad sobre el futuro? Esos no son peligros reales e inmediatos«.

Y aquí es donde la cosa se pone interesante. En este caso, hablamos de miedos más abstractos, más psicológicos. Miedos que, en lugar de protegernos, parecen limitarnos. Y aquí es donde quería llegar.

LA GRAN REVELACIÓN: ¿A QUE LE TIENES MIEDO REALMENTE?

Cuando sentimos estos miedos, nuestra primera reacción es huir. Pero sabemos que cuanto más huimos, más grande se hace la “bola de nieve”. Sabemos que, si queremos avanzar, necesitamos enfrentarlos, y para enfrentarlos, antes necesitamos comprenderlos. Con este objetivo, vamos a hacer algo contra intuitivo: vamos a mirar de frente a lo que creemos que tememos.

Para ello, pondremos tres ejemplos:

Como ves, el miedo que nos paraliza casi nunca es a lo «malo». Es un miedo disfrazado a conseguir lo «bueno» que deseamos. Por tanto, detrás de aquello que decimos que nos da miedo hay un gran deseo que nos prohibimos.

Y aquí me viene a la mente la increíble cita de Marianne Williamson:

«Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin límite. Es nuestra luz, no la oscuridad lo que más nos asusta. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo?

Eres hijo del universo. El hecho de jugar a ser pequeño no le sirve al mundo. No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras.

Nacemos para hacer manifiesto la gloria del universo que está dentro de nosotros. No solamente en algunos de nosotros: Está dentro de todos y cada uno.

Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás».

Es nuestra LUZ la que nos asusta, pero lo disfrazamos de otros mieditos para no ser conscientes de todo esto. Y pasamos nuestra vida entretenidos con estos mieditos, limitando constantemente nuestra vida para no encontrarnos con esta gran verdad.

LA RAÍZ DE TODO: EL MIEDO A TRAICIONAR A NUESTRO CLAN

Y ahora pensarás: «¿Por qué demonios íbamos a tenerle miedo a ser felices, abundantes y poderosos? ¿Por qué íbamos a tenerle miedo a nuestra verdadera naturaleza?«

Pues porque esto supondría la muerte de nuestro ego, de ese personaje que nos hemos afanado toda la vida en construir.

La cuestión es que ese personaje que hemos creado nos hace infelices. Y por ello hemos estado hablando en los tres artículos anteriores del modo en que podemos transformarlo.

Pero aunque hagamos este trabajo, parece que aún seguimos pegándonos una y otra vez con ese muro. De repente, aunque hagamos terapia, cuando llega el momento de hacer un salto cuántico en nuestra vida… ¡zas! Aparece el miedo.

¿Por qué?

La respuesta está en nuestra programación más primitiva: la supervivencia a través de la pertenencia.

Para nuestro cerebro arcaico, ser expulsado del clan o la tribu significaba una muerte segura. Para sobrevivir, necesitábamos ser aceptados. Y para ser aceptados, adoptamos un rol.

En nuestra infancia, nuestro clan fue nuestra familia. Observamos, aprendimos y nos creamos un personaje para encajar, para ser queridos, para sobrevivir.

  • Si en tu familia siempre hubo problemas de dinero, tu rol aprendido es el de «alguien que lucha para llegar a fin de mes».
  • Si en tu clan las relaciones de pareja siempre fueron conflictivas, tu rol es el de «alguien a quien el amor le cuesta».

Cualquier movimiento que hagas en tu vida adulta que se salga de ese rol programado… activa una alarma ancestral.

Si de repente tienes éxito económico o una pareja maravillosa, una parte de tu cerebro grita: «¡Estás traicionando a tu clan! ¡Dejarán de quererte! ¡Ya no perteneces! ¡Vas a morir!»

Esta «muerte» hoy no es literal, pero se manifiesta como una culpa insoportable o un autosabotaje constante que nos devuelve a la casilla de salida, al rol que nos es familiar. Nos quedamos atascados en la base de la pirámide de Maslow, por lealtad inconsciente a nuestro sistema familiar.

 Estamos hablando de los 3 primeros escalones de esta pirámide: supervivencia, pertenencia y necesidad de sentirnos amados y aceptados.

Todas estas necesidades básicas son cubiertas en nuestra infancia por nuestro clan. Y es este personaje que nos resultó útil en la infancia, el que nos llevamos a nuestra vida adulta. Y aquí llegan los problemas, ya que cualquier movimiento que queramos hacer y que no obedezca a ese rol que tomamos para adaptarnos a nuestro clan… nos va a dar pánico.

¿QUÉ HACEMOS ENTONCES CON EL MIEDO?

La pregunta no es «¿cómo elimino el miedo?». La pregunta correcta es: «Miedo, ¿de qué me estás protegiendo realmente?»

Una vez que entiendes que tu miedo a hablar en público es en realidad un miedo a brillar más que tus padres, o que tu miedo a la carencia es un miedo a traicionar la historia de pobreza de tu familia… todo cambia.

No se trata de luchar contra el miedo. Se trata de comprenderlo y avanzar CON él.

Habla con esa parte de ti que tiene miedo. Agradécele por haberte protegido toda tu vida. Dile que entiendes su función, pero que ahora, como adulto/a, tienes nuevos recursos. Que ya no necesitas esa vieja protección.

No esperes a no tener miedo para dar el siguiente paso. El coraje no es la ausencia de miedo, es actuar a pesar de él. Comprende tu miedo, abrázalo, y avanza de la mano con él hacia la vida que realmente deseas.

 

Si deseas reforzar toda esta información, te invito a que visualices el vídeo en YouTube:

Mi abrazo infinito, 

El experimento que demostró que NO eres quien crees ser

El experimento que demuestra que NO eres quien crees SER

Hoy seguimos hablando de la construcción de ese ego, de ese personaje que quisiéramos ser, con el objetivo de alcanzar lo que deseamos ver en nuestro mundo. Pero hoy te hablaré de ciencia, describiendo un estudio que se realizó en la Universidad de Stanford en el año 1971, que es el más famoso en el ámbito de la psicología social.

Fue un experimento que me encantó conocer, que me impactó enormemente y que me llevó a reflexionar inevitablemente.

En ocasiones, pensamos que tenemos una personalidad muy definida, pensamos que tenemos muy claro cómo somos y que, quizá, podemos cambiar algunos aspectos superficiales, pero nada importante y sustancial. Seguimos creyendo que es difícil cambiar y, aunque ya vimos en un artículo reciente cuál puede ser el motivo de esa dificultad (aquí puedes volver a leer el artículo), el experimento que hoy te muestro, te hará dudar mucho de esta supuesta claridad que tienes sobre ti mismo/a. 

En 1971, el psicólogo social de la universidad de Stanford, Philip Zimbardo y sus colaboradores se plantearon un experimento en base a un juego de roles para averiguar cómo se comportaban las personas en un proceso grupal en el que cada uno iba a tener un rol muy definido y esto podía ocasionar cierta pérdida de la identidad personal.

El objetivo era comprender por qué en determinadas situaciones que facilitan el anonimato, como por ejemplo en el interior de un grupo, las personas son capaces de manifestar una gran cantidad de comportamientos hostiles e, incluso, agresivos.

El mejor contexto que se les ocurrió fue una prisión, ya que en esta situación tanto las conductas de los presos como las de los guardias están tan pautadas que hay poco lugar a la expresión de otras conductas que no sean las específicas del rol que cada uno representa.

Como no encontraron una prisión real donde hacer el estudio, tuvieron que construir una prisión ficticia en los sótanos de la universidad. Después, buscaron voluntarios que quisieran participar. En total fueron 21 participantes y eligieron de forma aleatoria quiénes iban a ser los guardias y quiénes los presos. Se les hizo una serie de test psicológicos y entrevistas con el resultado de “normalidad”: emocionalmente estables, físicamente sanos y respetuosos con la ley. En resumidas cuentas, no eran ni sádicos ni delincuentes.

El tiempo previsto para el experimento era de dos semanas. Bueno, pues no duraron más de 6 días y 6 noches. Lo que observaron… les asustó. Se esperaba que hubiera ligeras modificaciones de la conducta en los participantes, pero jamás esperaron lo que sucedió. Observaron conductas brutales en los supuestos guardias. Y en los presos estados de apatía y depresión.

En palabras del propio Philip Zimbardo:

«Al cabo de seis días tuvimos que clausurar nuestra prisión ficticia porque lo que vimos nos asustó. La mayoría de los sujetos (e incluso nosotros mismos) ya no distinguía con claridad dónde terminaba la realidad y dónde empezaban los papeles. Casi todos se habían vuelto realmente presos o guardias, sin poder separar con claridad entre la representación del rol y su propia persona. En la práctica, todos los aspectos de su actuar, pensar o sentir cambiaron dramáticamente.»

Y dirás… ¿Cómo es posible que sucediera todo esto? Te contaré algunos detalles que contribuyeron a que la situación se creyera algo más “real” por parte de los voluntarios:

 

Los supuestos presos fueron detenidos en sus domicilios “por sorpresa” un domingo por la mañana por la policía.

Para simular un afeitado del cabello, tenían que llevar una media de mujer en cabeza.

Al llegar a la supuesta prisión se les desnudó, registró, desinfectó y se les dio un informe, una toalla, un jabón y se les encerró en una celda con dos personas más y una cama para cada uno.

Se potenció la sensación de anonimato y de humillación dándoles un uniforme que era como una bata y se les hizo ir sin ropa interior y con la gorra mencionada.

Se les puso una cadena en un pie (no estaba atada en ningún sitio, pero les recordaba la situación constantemente, incluso mientras dormían, ya que se escuchaba cuando se movían).

No se les permitió tener objetos personales y se les prohibió dirigirse unos a otros por sus nombres. Sólo podían hacerlo con su número de identificación.

Se dio a cada uno de los guardias un uniforme, que era igual para todos, y unas gafas de sol de vidrios reflectores que impedían el contacto visual.

A los guardias se les dejó libertad y sólo se les dijo que debían mantener la ley y el orden y que debían solucionar los problemas que se presentasen.

El 2 día del experimento hubo una rebelión por parte de los presos. No fue preocupante para los investigadores, porque consideraban que estaban realizando su papel. Pero los guardias se lo tomaron en serio y entraron a las celdas con extintores, desnudaron a los presos, con intimidaciones y comportamientos agresivos. Buscaron a los líderes de la rebelión y les encerraron en una celda de castigo. Pensando que perderían el control crearon una celda con privilegios y metieron allí a los presos “buenos”. Después los mezclaron y esto creó entre los presos situaciones de hostilidad y desconfianza.

Los castigos continuaban y llegó un momento en el que los presos ya se comportaban como tal, aun en ausencia de los guardias. El 90% de las conversaciones entre ellos eran sobre posibles fugas, la comida, tácticas para relacionarse con algunos de los guardias… su vida personal había desaparecido, se llamaban entre ellos por los números o motes, algunos de ellos jamás supieron el nombre de sus compañeros.

El tercer o cuarto día apareció por allí uno de los padres de uno de los participantes. Se quedó petrificado e incluso buscó un abogado para sacar a su hijo de allí. Ten en cuenta que cualquiera de ellos podía irse en cualquier momento. No era obligatorio quedarse. Los experimentadores dejaron que viniera el abogado y hablara con los prisioneros. Lo que se encontró allí era una prisión de verdad.

Pero lo que ya sí que supuso el cierre total del experimento, fue la aparición de la pareja de Zimbardo, la psicóloga Christina Maslach, quien al visitar el sótano y ver el trato a los prisioneros, le confrontó diciéndole que lo que hacía era terrible. Fue ese shock externo el que le hizo darse cuenta de que había perdido el control y decidió cancelar el experimento al sexto día. El propio director del experimento (Zimbardo) se había perdido dentro de su rol y no fue capaz de ver el horror hasta que su pareja, alguien de su confianza, se lo hizo ver.

La situación fue tan poderosa que incluso nubló el juicio del científico al mando. Por eso se está diciendo últimamente que el estudio puede estar sesgado, porque al parecer, esta pérdida de control de Zimbardo sí que le llevó a instigar a alguno de los guardas a actuar de forma más agresiva. También algunos de los participantes, años después han manifestado que no fue todo tan espontáneo como se dijo al principio, que alguno de ellos sí que abandonó el experimento… En fin, jamás podremos saberlo con seguridad. Sólo disponemos de las conclusiones que se registraron entonces. 

Con respecto a mis propias conclusiones, aquí te las comparto:

Creemos que nuestro “yo” es siempre elegido libremente por nosotros mismos, y que no va a variar según la situación en la que nos encontramos. Pero esto no es así. Cuántas personas hace 4-5 años ante el acontecimiento que todos vivimos en pandemia se erigieron en «policías de balcón«, insultando a las personas que veían por la calle, cuando ni sabían hacia dónde iban. Igual eran médicos, enfermeros, a los que luego aplaudían en el balcón a las 8 de la tarde. Si hubiéramos dicho a esas personas unos meses antes que iban a comportarse así, lo hubieran negado categóricamente.

La persona que asume un rol (sea el que sea y donde sea) lo asume con todas sus consecuencias, llegando a definir su identidad. Como has visto, personas completamente normales, en apenas unos días, transformaron su identidad basándose únicamente en el rol que se les asignó.

Si lo piensas, seguramente no te comportas igual en tu lugar de trabajo que con tu pareja, con una amiga o con tu hijo, ¿verdad?

La acción termina moldeando a las personas, es decir, cada uno termina siendo aquello que hace.

Qué ocurre entonces con el “ser”, como se contesta a la pregunta “quién soy”. ¿Somos quienes creemos ser o somos el personaje que interpretamos? El experimento de Zimbardo sugiere que el entorno y el ‘uniforme’ que nos ponemos cada día (sea el de padre, jefe, artista o estudiante) tiene un poder inmenso para moldear no solo lo que hacemos, sino lo que somos.

Como conclusión más “positiva”, podemos reforzar todo lo que hablamos en el artículo anterior sobre el modo de crearnos un personaje deseado. Si realmente yo actúo “como si…», a base de repetición, puedo conseguir convertirme en la persona que deseo ser conscientemente.

La gran lección aquí no es que seamos buenos o malos, sino que somos increíblemente sugestionables. Pero saber esto nos da poder. Si un rol impuesto puede cambiarnos tan drásticamente para mal, ¿qué pasaría si elegimos conscientemente un rol, un personaje, que nos impulse a ser la versión de nosotros mismos que deseamos alcanzar?

La construcción de nuestro ‘ego’ no es una fantasía, es entender que los papeles que jugamos acaban definiendo nuestra realidad.

Si deseas reforzar todo lo explicado en estas líneas, no dejes de ver el vídeo en mi canal de YouTube:

Mi abrazo infinito, 

Termina YA con ese diálogo interno destructivo

Termina ya con el diálogo interno destructivo

Seguramente ya lo has experimentado: pareciera que hay un «ente» metido en tu cabecita, que no deja de decirte una y otra vez las mismas frases: «no vales«, «no lo mereces«, «no eres capaz«, «no lo vas a conseguir«, «todo saldrá mal«… bla, bla, bla.

Lo que ocurre es que no suele hablarte así, en este caso podrías no reconocer esa voz como propia y, de este modo, sería más fácil desecharla. Lo peor del asunto es que habla en primera persona, por tanto, esa voz susurra constantemente: «yo no valgo, yo no soy capaz»… etc, etc.  

Antes de avanzar con el tema de hoy, te sugiero que leas el artículo anterior, de este modo podrás comprender por qué nos quedamos enganchados con pensamientos negativos y dramáticos que nos alejan de esa paz que tanto deseamos. 

Bien, ya sabes de lo que hablo.

Es esa voz horrible que nos cuesta acallar y que nos grita constantemente, que no hace más que molestarnos con ese run run persistente sobre lo que somos, sobre lo que es el mundo, sobre lo que son los demás… y que no se caracteriza, precisamente, por presentarnos argumentos agradables y felices. 

¿Cómo puedes calmar esa voz? O al menos… ¿Cómo puedes desvincularte de ella al máximo, sin permitir que afecte a tu vida?

Primeramente, tienes que tener claro que esa voz NO ERES TÚ. Esos pensamientos y emociones no tienen nada que ver con lo que eres en verdad. Si esa voz fueras tú, realmente, no podrías observarla

Recuerda cuando en el artículo anterior te hablaba de mi experiencia personal… ¿Quién era yo?, ¿la Diana alegre, optimista, entusiasta.. o aquella triste, sufridora, cansada y víctima?

En realidad, puedo ser «las dos Dianas«, y ninguna a la vez.

Desde la perspectiva transpersonal, podemos ir practicando el ser meros testigos de lo que sucede. Aquí te dejo un ejercicio que propuso Ken Wilber, el gran exponente de lo transpersonal:

Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo. Puedo ver y sentir mi cuerpo, y lo que se puede ver y sentir no es el auténtico Ser que ve. Mi cuerpo puede estar cansado o excitado, enfermo o sano, sentirse ligero o pesado, pero nada de eso tiene que ver con mi yo interior. Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo.

Tengo deseos, pero no soy mis deseos. Puedo conocer mis deseos, pero lo que se puede conocer no es el auténtico Conocedor. Los deseos van y vienen, flotan en mi conciencia, pero no afectan a mi yo interior. Tengo deseos, pero no soy mis deseos.

Tengo emociones, pero no soy mis emociones. Puedo percibir y sentir mis emociones, y lo que se puede percibir y sentir no es el auténtico Perceptor. Las emociones pasan a través de mí, pero no afectan a mi yo interior. Tengo emociones, pero no soy mis emociones.

Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos. Puedo conocer e intuir mis pensamientos y lo que puede ser conocido no es el auténtico Conocedor. Los pensamientos vienen a mí y luego me abandonan, pero no afectan a mi yo interior. Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos.

En realidad, soy lo que permanece, un puro centro de percepción consciente, un testigo inmóvil de todos estos pensamientos, emociones, sentimientos y deseos.

 

La persistencia en este ejercicio, puede ir transformando esa percepción que tienes de ti mismo, observando cambios profundos a nivel de serenidad interna, lucidez y libertad… Es un primer paso fundamental para que comiences a des-identificarte del personaje que habita en tu mente.

Un Curso de Milagros también te ofrece multitud de ejercicios y recursos para detectar esa voz que no es otra que la del ego, ayudándote a diferenciarla de la voz del Espíritu, tu verdadera naturaleza. 

En resumidas cuentas, da igual la técnica, la filosofía o la perspectiva que elijas para profundizar. Lo que queda patente es que el «personaje» que experimentas para vivir en este mundo, no es tu realidad y, por tanto, puedes moldearlo como desees

Lo que ocurre es que esa «identidad» que has elegido (obviamente, de forma inconsciente), va a determinar en gran parte todo lo que experimentas en tu mundo.

Y el ejercicio que te propongo tiene que ver precisamente con este personaje. 

Primeramente, dedícate a observarlo: cómo piensa, como se siente habitualmente, cuáles son sus creencias, sus comportamientos, sus conductas compulsivas… puedes describirlo con todo lujo de detalles (le conoces muy bien, ¿verdad?).

Ve apuntando día tras día todo lo que vayas descubriendo. Hazlo de forma divertida y curiosa, como quien observa al personaje de una película. 

De hecho, te invito a que le pongas un nombre. El mío se llama Paca, y los de algunos de mis clientes: Rodolfa, Manoli, Gumercinda… Busca un nombre que no estés habituado a escuchar, o incluso ponle el nombre de algún personaje ficticio: Maléfica, Scar, o Cruella de Vil.

Bien, ahora llega la parte más interesante. Es el momento de agarrar esa «plastilina» mental y comenzar a fabricar ese personaje que QUIERES SER. Así que, de igual modo, ve apuntando todas sus características: cómo piensa, cuáles son sus creencias, cómo se siente habitualmente, cómo le habla a su jefe, a sus clientes, cómo camina por la calle… Descríbelo igualmente con todo lujo de detalles. Y bautízalo con otro nombre. Aquí te aconsejo que utilices el tuyo propio más un adjetivo. Por ejemplo «Diana Abundante», «Nuria Libre»…

Cuando los tengas bien descritos comienza el juego.

En primer lugar, te resultará mucho más fácil detectar al personaje que no deseas cuando quiera «invadirte». En los momentos en los que eso ocurra, ya puedes exclamar… «te pillé». No olvides agradecer al personaje porque te ayudó a llegar hasta aquí, te ha protegido como ha podido, y ha sido la mejor versión de ti que has podido configurar hasta el día de hoy.

Después de darle las gracias, podrás decirle: «ahora soy Diana Abundante».  Y sólo tendrás que ir practicando tu nuevo «papel», día a día, momento a momento. Desde que despiertes por la mañana acostúmbrate a ponerte sus zapatos. Poco a poco, sin apenas darte cuenta, irás notando una transformación en tu modo de pensar, de comportarte… y esto será el comienzo de los cambios que irás viendo en tu mundo externo

Ten paciencia… Como comentaba en el artículo anterior, en principio habrá una fuerte discordancia debido a esos caminos neuronales trillados. Así que no desistas. Piensa que el personaje que no deseas también fue creado a base de repetir y repetir. Ahora toca hacer lo propio con el que sí deseas.

Si quieres reforzar toda esta información, puedes visualizar este contenido en YouTube: 

Mi abrazo infinito,

¿Somos adictos al drama?

¿Somos adictos al drama?

Estamos hartos de escuchar, leer y ver por todas partes que si queremos ver cambios en nuestro mundo externo, el primer cambio que deberíamos hacer es en nuestro mundo interno. Frases como “sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo” … nos empujan a hacer lo que, efectivamente debemos hacer, y es decidirnos a CAMBIAR.

Pero ¿por qué nos cuesta tanto?

Primeramente, quiero hablaros de una de las leyes fundamentales del funcionamiento de nuestra mente. Y es el amor a lo conocido. Nuestra mente ama lo que es conocido, previsible, porque es controlable, porque lo puede manejar. 

Todo lo que sea desconocido, para nuestra mente es un peligro, una amenaza. Supone una cierta “pérdida de control”, y eso le asusta. Por tanto, la inercia siempre será llevarnos hacia lo que ya conocemos, por más que la situación que vivamos nos resulte incómoda, incluso dolorosa.

Y así nos ocurre, aunque nos duela la situación que estamos viviendo, este dolor es mucho menor que el de explorar una situación desconocida. Por este motivo solamente nos decidimos a cambiar cuando este dolor ya es muy insoportable y supera de alguna manera a ese miedo que supone una situación totalmente nueva para nosotros.

Una forma que tenemos de ir acercándonos a aquello que a día de hoy es desconocido para nuestra mente es la visualización. Si vamos practicando el vernos en aquel comportamiento, en aquella situación que hoy nos da miedo o nos incomoda, nos vamos acercando poco a poco, y vamos haciendo conocida esa situación a través de ciertas imágenes mentales. Nuestra mente no es capaz de diferenciar si esas imágenes son reales o no. Por tanto, irá normalizando la nueva situación.  De este modo, cuando nos disponemos a hacer cambios en nuestro día a día, nuestra mente no va a disparar esas alarmas de manera tan brutal.

Y una segunda causa que también es muy potente y que nos impide hacer los cambios que deseamos es la adicción que tenemos al drama

Te contaré mi caso personal para ilustrarte con un ejemplo, de este modo comprenderás lo que quiero transmitirte. Hace ya años viví una situación muy, muy dura…. Perdí a mi padre bastante joven, y a los dos meses de morir mi padre, a mi madre le diagnosticaron Alzheimer en grado 4 de 7. Después de aquello, permanecí durante unos años dedicada a su cuidado. Tuve que abandonar mi vida en todos los aspectos, porque el cuidado de una persona en esta situación es 24/7. No te voy a engañar, fue muy duro y pude experimentar en mi carnes lo que supone el síndrome del cuidador quemado. Este síndrome supone la vivencia de un cuadro de sintomatología muy compleja, tanto a nivel mental-emocional, como físico y conductual.

Esta situación se resolvió y pude recuperar mi Vida, pero aún así, durante un tiempo me sentía incapaz de remontar. De algún modo que no comprendía, me había quedado «enganchada» a ese papel de cuidadora y seguía experimentando todo ese cuadro de síntomas. Sí, quizá de forma más liviana, pero me sentía incapaz de salir de esa tristeza, de ese cansancio crónico… del aislamiento, de algunos síntomas físicos… 

En resumidas cuentas, me había construido una IDENTIDAD, y me había quedado atrapada en ese personaje. 

Seguía siendo esa cuidadora aun sin tener ya la necesidad de cuidar a mi madre. Mi mente estaba en el pasado y seguía actualizándolo y viviéndolo día a día en mi presente.

Aquella Diana entusiasta, alegre, optimista, con sentido del humor, lanzada, valiente… se quedó en nada, se fue… y en su lugar quedó una Diana encerrada en sí misma, en su desgracia, en el victimismo… y no encontraba la forma de salir de ese pozo.

¿Por qué ocurre esto?

Porque nos hemos convertido en ADICTOS AL DRAMA.

Cuando vivimos una situación dura, difícil y la hemos interpretado de una determinada manera, comenzamos a ELEGIR una serie de pensamientos que, repetidos a lo largo del tiempo, van creando en nuestro cerebro unos caminos neuronales  que crean como una especie de huella marcada, y no es otra cosa que conexiones que se han activado una y otra vez, una y otra vez… y que de tanto activarlas, ya lo hacen de manera automática

Por otro lado tenemos a nuestras amigas las emociones, resultado de los pensamientos… En realidad, ahora está en estudio la duda de si son antes los pensamientos y después las emociones, o al revés. De todas formas, comprenderás que exista esta duda con la siguiente explicación.

Supongamos que primero está un pensamiento, y que de él se deriva una emoción. ¿Por qué ocurre esto? Un pensamiento envía una señal química al cuerpo a través de neuropéptidos. El sistema endocrino recibe estas señales, y a través de sus glándulas, se generan hormonas. Si estamos pensando en una situación desagradable, si esos pensamientos son dramáticos, negativos, etc… obviamente, las hormonas que vamos a segregar son las hormonas del estrés: cortisol, adrenalina, etc.

Lo que ocurre es que la información también se produce al revés. El circuito se retroalimenta porque las células de nuestro cuerpo también envían señales al cerebro para decirle cómo se sienten, que normalmente es una confirmación de lo que se está cociendo a nivel cerebral. Es decir, si yo estoy pensando “mi vida es una mierda”, envío esta información a mis células, y mi cuerpo le responde a mi cerebro; sí, ok, nuestra vida es una mierda,… sigamos.

Por tanto, esta huella no solo se produce a nivel cerebral, sino también a nivel corporal. Todas nuestras células tienen memoria.

Pensamiento y emoción repetidos en el tiempo van generando una serie de conductas y creando un modo de ser, una INDENTIDAD.

Pero es que aquí no queda todo. Y es que nuestras células se han acostumbrado a recibir esa información determinada… han memorizado esas emociones y ya han pasado a formar parte del inconsciente, es decir, llega un momento en que todo esto es tan automático, que ya ni recordamos cuándo y ni cómo empezó. 

Ya no recordamos ese primer pensamiento, es decir, se ha convertido en un hábito, nuestras células se han vuelto adictas a estas sustancias químicas y para sentirse vivas… van a necesitar esa comidita que llevamos tanto tiempo ofreciéndolas… e incluso, cada vez van a necesitar estímulos más y más fuertes. Y estarás de acuerdo conmigo en que todo lo que tiene que ver con «emociones dramáticas», «pasión» y «sufrimiento»… resulta ser la mar de intenso y estimulante.

Sin darnos cuenta, nos hemos vuelto adictos a este círculo vicioso y, solamente, podremos salir de él cuando somos conscientes de lo que está ocurriendo.

Por este motivo, vamos a terapia, asistimos a multitud de cursos, leemos libros… pero el cambio no sucede. O comienza a suceder pero nos vemos incapaces de mantenerlo, porque nuestro cuerpo-mente se ha acostumbrado a vivir en un estado determinado, en una identidad determinada, y tira de hábitos. Y además, si privamos a nuestras células de estos pensamientos y emociones a los que ya se ha acostumbrado… van a sentir un síndrome de abstinencia. Nos van a pedir la comidita de antes, sin que nos demos cuenta.

Por eso, por más que intentamos cambiar, al final, caemos de nuevo en lo mismo.

Y si, además, esta identidad lleva mucho tiempo con nosotros, si ha sido construida desde la infancia, la toma de conciencia puede ser, quizá, un poco más confusa. 

Sin embargo, querido/a amigo/a, el cambio es posible, siempre podemos elegir crear un nuevo personaje, una nueva identidad que nos acerque cada día un poquito más a esa vida que queremos y deseamos construir. Y a la cual tenemos pleno derecho

No dejes de pasarte por mi Escuela, ya que a través de las distintas formaciones, podrás realizar este trabajo y muchos otros más. 

Aquí te dejo el enlace al vídeo de YouTube, donde explico todo lo anterior:

 Mi abrazo infinito,