Diana Calvo Vinssac – Psicoterapia transpersonal – UCDM – Hipnoterapia – Coaching

El experimento que demuestra que NO eres quien crees SER

Hoy seguimos hablando de la construcción de ese ego, de ese personaje que quisiéramos ser, con el objetivo de alcanzar lo que deseamos ver en nuestro mundo. Pero hoy te hablaré de ciencia, describiendo un estudio que se realizó en la Universidad de Stanford en el año 1971, que es el más famoso en el ámbito de la psicología social.

Fue un experimento que me encantó conocer, que me impactó enormemente y que me llevó a reflexionar inevitablemente.

En ocasiones, pensamos que tenemos una personalidad muy definida, pensamos que tenemos muy claro cómo somos y que, quizá, podemos cambiar algunos aspectos superficiales, pero nada importante y sustancial. Seguimos creyendo que es difícil cambiar y, aunque ya vimos en un artículo reciente cuál puede ser el motivo de esa dificultad (aquí puedes volver a leer el artículo), el experimento que hoy te muestro, te hará dudar mucho de esta supuesta claridad que tienes sobre ti mismo/a. 

En 1971, el psicólogo social de la universidad de Stanford, Philip Zimbardo y sus colaboradores se plantearon un experimento en base a un juego de roles para averiguar cómo se comportaban las personas en un proceso grupal en el que cada uno iba a tener un rol muy definido y esto podía ocasionar cierta pérdida de la identidad personal.

El objetivo era comprender por qué en determinadas situaciones que facilitan el anonimato, como por ejemplo en el interior de un grupo, las personas son capaces de manifestar una gran cantidad de comportamientos hostiles e, incluso, agresivos.

El mejor contexto que se les ocurrió fue una prisión, ya que en esta situación tanto las conductas de los presos como las de los guardias están tan pautadas que hay poco lugar a la expresión de otras conductas que no sean las específicas del rol que cada uno representa.

Como no encontraron una prisión real donde hacer el estudio, tuvieron que construir una prisión ficticia en los sótanos de la universidad. Después, buscaron voluntarios que quisieran participar. En total fueron 21 participantes y eligieron de forma aleatoria quiénes iban a ser los guardias y quiénes los presos. Se les hizo una serie de test psicológicos y entrevistas con el resultado de “normalidad”: emocionalmente estables, físicamente sanos y respetuosos con la ley. En resumidas cuentas, no eran ni sádicos ni delincuentes.

El tiempo previsto para el experimento era de dos semanas. Bueno, pues no duraron más de 6 días y 6 noches. Lo que observaron… les asustó. Se esperaba que hubiera ligeras modificaciones de la conducta en los participantes, pero jamás esperaron lo que sucedió. Observaron conductas brutales en los supuestos guardias. Y en los presos estados de apatía y depresión.

En palabras del propio Philip Zimbardo:

«Al cabo de seis días tuvimos que clausurar nuestra prisión ficticia porque lo que vimos nos asustó. La mayoría de los sujetos (e incluso nosotros mismos) ya no distinguía con claridad dónde terminaba la realidad y dónde empezaban los papeles. Casi todos se habían vuelto realmente presos o guardias, sin poder separar con claridad entre la representación del rol y su propia persona. En la práctica, todos los aspectos de su actuar, pensar o sentir cambiaron dramáticamente.»

Y dirás… ¿Cómo es posible que sucediera todo esto? Te contaré algunos detalles que contribuyeron a que la situación se creyera algo más “real” por parte de los voluntarios:

 

Los supuestos presos fueron detenidos en sus domicilios “por sorpresa” un domingo por la mañana por la policía.

Para simular un afeitado del cabello, tenían que llevar una media de mujer en cabeza.

Al llegar a la supuesta prisión se les desnudó, registró, desinfectó y se les dio un informe, una toalla, un jabón y se les encerró en una celda con dos personas más y una cama para cada uno.

Se potenció la sensación de anonimato y de humillación dándoles un uniforme que era como una bata y se les hizo ir sin ropa interior y con la gorra mencionada.

Se les puso una cadena en un pie (no estaba atada en ningún sitio, pero les recordaba la situación constantemente, incluso mientras dormían, ya que se escuchaba cuando se movían).

No se les permitió tener objetos personales y se les prohibió dirigirse unos a otros por sus nombres. Sólo podían hacerlo con su número de identificación.

Se dio a cada uno de los guardias un uniforme, que era igual para todos, y unas gafas de sol de vidrios reflectores que impedían el contacto visual.

A los guardias se les dejó libertad y sólo se les dijo que debían mantener la ley y el orden y que debían solucionar los problemas que se presentasen.

El 2 día del experimento hubo una rebelión por parte de los presos. No fue preocupante para los investigadores, porque consideraban que estaban realizando su papel. Pero los guardias se lo tomaron en serio y entraron a las celdas con extintores, desnudaron a los presos, con intimidaciones y comportamientos agresivos. Buscaron a los líderes de la rebelión y les encerraron en una celda de castigo. Pensando que perderían el control crearon una celda con privilegios y metieron allí a los presos “buenos”. Después los mezclaron y esto creó entre los presos situaciones de hostilidad y desconfianza.

Los castigos continuaban y llegó un momento en el que los presos ya se comportaban como tal, aun en ausencia de los guardias. El 90% de las conversaciones entre ellos eran sobre posibles fugas, la comida, tácticas para relacionarse con algunos de los guardias… su vida personal había desaparecido, se llamaban entre ellos por los números o motes, algunos de ellos jamás supieron el nombre de sus compañeros.

El tercer o cuarto día apareció por allí uno de los padres de uno de los participantes. Se quedó petrificado e incluso buscó un abogado para sacar a su hijo de allí. Ten en cuenta que cualquiera de ellos podía irse en cualquier momento. No era obligatorio quedarse. Los experimentadores dejaron que viniera el abogado y hablara con los prisioneros. Lo que se encontró allí era una prisión de verdad.

Pero lo que ya sí que supuso el cierre total del experimento, fue la aparición de la pareja de Zimbardo, la psicóloga Christina Maslach, quien al visitar el sótano y ver el trato a los prisioneros, le confrontó diciéndole que lo que hacía era terrible. Fue ese shock externo el que le hizo darse cuenta de que había perdido el control y decidió cancelar el experimento al sexto día. El propio director del experimento (Zimbardo) se había perdido dentro de su rol y no fue capaz de ver el horror hasta que su pareja, alguien de su confianza, se lo hizo ver.

La situación fue tan poderosa que incluso nubló el juicio del científico al mando. Por eso se está diciendo últimamente que el estudio puede estar sesgado, porque al parecer, esta pérdida de control de Zimbardo sí que le llevó a instigar a alguno de los guardas a actuar de forma más agresiva. También algunos de los participantes, años después han manifestado que no fue todo tan espontáneo como se dijo al principio, que alguno de ellos sí que abandonó el experimento… En fin, jamás podremos saberlo con seguridad. Sólo disponemos de las conclusiones que se registraron entonces. 

Con respecto a mis propias conclusiones, aquí te las comparto:

Creemos que nuestro “yo” es siempre elegido libremente por nosotros mismos, y que no va a variar según la situación en la que nos encontramos. Pero esto no es así. Cuántas personas hace 4-5 años ante el acontecimiento que todos vivimos en pandemia se erigieron en «policías de balcón«, insultando a las personas que veían por la calle, cuando ni sabían hacia dónde iban. Igual eran médicos, enfermeros, a los que luego aplaudían en el balcón a las 8 de la tarde. Si hubiéramos dicho a esas personas unos meses antes que iban a comportarse así, lo hubieran negado categóricamente.

La persona que asume un rol (sea el que sea y donde sea) lo asume con todas sus consecuencias, llegando a definir su identidad. Como has visto, personas completamente normales, en apenas unos días, transformaron su identidad basándose únicamente en el rol que se les asignó.

Si lo piensas, seguramente no te comportas igual en tu lugar de trabajo que con tu pareja, con una amiga o con tu hijo, ¿verdad?

La acción termina moldeando a las personas, es decir, cada uno termina siendo aquello que hace.

Qué ocurre entonces con el “ser”, como se contesta a la pregunta “quién soy”. ¿Somos quienes creemos ser o somos el personaje que interpretamos? El experimento de Zimbardo sugiere que el entorno y el ‘uniforme’ que nos ponemos cada día (sea el de padre, jefe, artista o estudiante) tiene un poder inmenso para moldear no solo lo que hacemos, sino lo que somos.

Como conclusión más “positiva”, podemos reforzar todo lo que hablamos en el artículo anterior sobre el modo de crearnos un personaje deseado. Si realmente yo actúo “como si…», a base de repetición, puedo conseguir convertirme en la persona que deseo ser conscientemente.

La gran lección aquí no es que seamos buenos o malos, sino que somos increíblemente sugestionables. Pero saber esto nos da poder. Si un rol impuesto puede cambiarnos tan drásticamente para mal, ¿qué pasaría si elegimos conscientemente un rol, un personaje, que nos impulse a ser la versión de nosotros mismos que deseamos alcanzar?

La construcción de nuestro ‘ego’ no es una fantasía, es entender que los papeles que jugamos acaban definiendo nuestra realidad.

Si deseas reforzar todo lo explicado en estas líneas, no dejes de ver el vídeo en mi canal de YouTube:

Mi abrazo infinito, 

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